La educación es una inversión

Uno de mis maestros de humanismo explicaba que el mejor ejemplo de subsidiariedad se da en la familia, cuando los padres se encargan de fomentar el sano desarrollo de los hijos para que a su vez, en el futuro, puedan llegar a valerse por sí mismos, formar una familia y trasladar a la siguiente generación ese apoyo subsidiario.

Pensar en el futuro de nuestros hijos, así sea uno sólo, no es una tarea sencilla, pues la vida humana es altamente compleja; desde antes de su nacimiento, deseamos que los hijos tengan salud, los cuidamos con esmero cuando son bebés, buscamos proveerlos de la mejor alimentación, vestido o habitación que nos sea posible y cotidianamente tratamos de inculcarles nuestros valores que sin duda son la base de su educación.

Desde niño escuché a mis propios padres, y a otros más, decir que la mejor herencia que se puede dejar a un hijo es su educación; claro que estoy de acuerdo si consideramos que la educación no debe limitarse sólo a la formal que pudiera proveer la escuela o la universidad, sino a todos los procesos que concurren para la formación y aprendizaje necesarios para el buen desarrollo de una persona humana.

Así por ejemplo, la práctica sistemática de algún deporte, permite a nuestros hijos aprender sobre la disciplina, los retos y la recompensa de alcanzar alguna meta; la participación en nuestra comunidad religiosa, les facilita aprender más sobre nuestras creencias, nuestra fe y expandir sus capacidades espirituales; pertenecer a algún club o asociación que se dedique al servicio comunitario los hace más sensibles a nuestro entorno y a las necesidades de nuestros semejantes; y por supuesto que la vida familiar les provee de una perspectiva histórica y de una visión de futuro que despertará sus sueños y sus anhelos.

La lectura de distintos géneros como el cuento, la poesía, el ensayo y la novela, ya no digamos la amplia gama de libros científicos y técnicos, son una fuente para abrir la mente a nuevos conocimientos y a posibilidades de construir esas “ideas fuerza” que sean el motor propulsor de las acciones futuras de nuestros hijos; de igual forma, la posibilidad de escribir, componer canciones, declamar poemas, tocar un instrumento, pintar, esculpir o cualquier otra actividad de creación artística, contribuirá tanto a su plasticidad cerebral como a ampliar la formación cultural de nuestros hijos.

Llegado el momento, nuestros hijos decidirán a que quieren dedicarse, por lo que sí cuentan con la educación necesaria para ser mejores personas cada día, podremos estar tranquilos que su decisión será la adecuada, y que estaremos dando viabilidad a las siguientes generaciones.

La educación en lo individual como personas y en lo colectivo como familia, es un activo importantísimo del patrimonio familiar, cuyos resultados o beneficios no se aprecian en el corto plazo sino al paso de muchos años y quizás de otras generaciones, pero sin duda que es el mejor camino para la trascendencia humana, pues proveerá a nuestros hijos y a nuestra familia de herramientas útiles para ser y hacerse personas íntegras.

Hacer cuentas de cuánto cuesta la educación de un hijo, además de complejo, por todo lo que implica, sería impropio; existe lo que los economistas llaman el “costo de oportunidad”; nuestros hijos tendrán una edad y tiempo específicos para ir a la escuela, a cierto grado o a cierto curso, así como para hacer y vivir las experiencias que contribuyan a su educación; así que la decisión de cómo invertir en su educación debe de tomarnos todo el tiempo necesario para procesar la información disponible, pero con la prontitud mínima necesaria para hacerlo en tiempo y forma.

Así que toda posibilidad de educación, más que catalogarla como un gasto familiar, debe de entenderse como una inversión, de muy largo plazo, a cuenta de la natural subsidiariedad generacional y en interés de incrementar el patrimonio familiar. Después de todo, es por el bien de la familia.

 

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